Cuando alguien escucha por primera vez la idea de “máscaras astrales”, suele imaginar símbolos, figuras, quizá personajes internos que uno se pone y se quita. Algo cercano a la visualización. Sin embargo, en cuanto se entra de verdad en estados sutiles, esa idea se cae sola. Lo imaginado no dura. Cambia, se exagera o se disuelve. Lo único que permanece es aquello que el cuerpo puede sostener.
Las máscaras funcionales no son disfraces energéticos. Son configuraciones muy concretas del sistema cuerpo–conciencia. Y por eso no se activan pensando en ellas, sino sintiéndolas.
La primera de todas es el Testigo. No aparece porque decidas “observar”, sino cuando el cuerpo entra en una expansión silenciosa. Puede sentirse como una apertura amplia en el pecho o como espacio detrás de los ojos. No es un vacío frío ni una desconexión. Es amplitud sin comentario. Las cosas siguen ocurriendo —emociones, imágenes, sensaciones— pero ya no reclaman respuesta. El ruido interno baja solo, sin esfuerzo. En ese estado, la experiencia se despliega sin arrastrarte. Por eso el Testigo es la base: sin él, cualquier otra máscara se vuelve actuación. Y conviene aclararlo: cuando lo que aparece es apatía o distancia emocional, no estamos ante el Testigo, sino ante disociación.
El Peregrino funciona de un modo completamente distinto. No observa, no se detiene, no profundiza. Avanza. Su anclaje es muy reconocible para cualquiera que haya caminado muchas veces el mismo trayecto sin pensar en cada paso. El cuerpo se mueve y la mente no interfiere. Hay una sensación de continuidad, de inercia suave que no necesita decisiones. Este estado permite atravesar material cargado sin quedarse atrapado en él. Emociones densas, escenas intensas o planos complejos se cruzan como quien cruza una calle: sin detenerse a vivir allí. El riesgo aparece cuando se usa esta máscara para evitar lo que sí necesita ser procesado. En ese punto, el avance deja de ser tránsito y se vuelve huida.
El Guardián, por su parte, suele malinterpretarse. No es defensa ni confrontación. Es forma estable. Se siente como una densidad tranquila en el eje que va de la columna al abdomen, una verticalidad firme que no necesita tensión. No empuja ni repele. Simplemente permanece. Cuando este estado está activo, ciertas influencias no llegan a entrar, no porque sean rechazadas, sino porque no encuentran dónde engancharse. El Guardián no protege “contra” algo; sostiene coherencia. Y eso basta. Como en las otras máscaras, el problema surge cuando se fija: la firmeza se endurece y la coherencia se vuelve rigidez.
Hay una regla que atraviesa todo este trabajo y que conviene tener siempre presente: estas máscaras no son identidades. Son herramientas temporales. Se activan, cumplen su función y se sueltan. Cuando una máscara se confunde con el “yo”, pierde su valor. El Testigo se convierte en apatía, el Peregrino en evasión constante y el Guardián en dureza defensiva.
Por eso el cuerpo es tan central en el trabajo astral y en cualquier estado ampliado de conciencia. El cuerpo es lo que permite entrar y salir. Lo que puede encarnarse puede abandonarse. Lo que solo se imagina, no.
Al final, la diferencia no está en visualizar mejor ni en acumular técnicas, sino en sentir con claridad. Cuando la sensación es correcta, el estado aparece solo. Cuando no lo es, ninguna técnica lo sostiene. Y ahí está la línea que separa el juego simbólico del trabajo real: no en lo que ves, sino en cómo lo encarnas.

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